lunes, 4 de agosto de 2014

"Dos ciudades", de Adam Zagajewski, y un pueblo del Somontano

Impresiones, fotografía y montaje de Inmaculada Cuesta (MAQ)




Dos ciudades, de Adam Zagajewski, y un pueblo del Somontano 

“El ritmo de las horas” es una sucesión de imágenes de un trozo de verano rural, que el descanso me sugiere hilvanar entre pensamientos visuales y el lenguaje de las manos.

Renunciar a la actividad habitual y a sus inquietudes a cambio de ESTAR (expectante…) en un entorno nuevo,  permite refrescar la mirada. En esta ocasión he admirado la sencillez de la gente sentada a la puerta de casa, en plazas y calles; señores de su calma y de sus pensamientos, conversaciones y panoramas. Seguramente no los volveré a ver, ellos ni me han visto, ni lo saben, pero me han regalado el ritmo de sus horas para recordarme que para mí el tiempo –el tiempo necesario para madurar, corregir un error o llegar a ver las cosas claras- es algo vital e imprescindible. En mi caso, la maduración nunca será un proceso definitivo, acabado. Siempre estaré presto a cometer un nuevo error y, después, intentaré comprenderlo y corregirlo. Usque ad finem (*)

Así lo he visto en los vuelos cíclicos de palomas en torno a una humilde cascada; repiten el recorrido una y otra vez con distinta gracia, con nuevo aire, en otra compañía

El mismo ritmo sereno del tiempo me ha descubierto las bellísimas abstracciones de los árboles de sombra en la desnudez de sus troncos a la última luz de la tarde.

Caprichos de la inspiración…

Las palabras del escritor polaco lo describen mejor: En la creación se manifiestan elementos que no tienen mucho que ver con la memoria, como por ejemplo la innovación o la rebeldía, ambas guasonamente reacias a la remembranza. En la creación hay también un “je ne sais quoi” fundamental y desparpajado que, por su propia naturaleza, se escapa a cualquier definición. Pero esto es justo lo que transforma el barro en escultura, las palabras en poesía y los crujidos en música. Después acude la memoria para tender puentes entre los instantes de clarividencia. ¡Cuán importante y necesario es esto! Sin embargo, para tender un puente primero hay que dar con el río. ¡Y eso se dice pronto!

Inmaculada Cuesta. Agosto de 2014

(*) ADAM ZAGAJEWSKI, “Dos ciudades”


lunes, 5 de mayo de 2014

San Baudelio de Berlanga por José Jiménez Lozano



El texto de Jiménez Lozano que me ha llevado a conocer este oasis escondido

La Capilla Sixtina de Castilla


CASTILLA se va entretejiendo, como ocurre con España entera, sobre un cañamazo cultural muy complejo, pero en el que destaca de manera singular el fragor de las luchas con los islámicos y las largas paces en convivencia con ellos. «Del neolítico a los almohades, la presencia frecuentemente agresiva de África es un dato tan fundamental para la geografía como para la historia hispánicas», ha escrito con toda lucidez Jacques Fontaine. Y, por fuerza y por dentro, la historia y el alma colectivas, los sentires, pensares y vivires de Castilla son, ciertamente, fronterizos; y, para adentrarnos en ellos, hay que pasar por un arco de herradura. Tomás de Aquino, en su espléndida madurez espiritual, se paraba ante las puertas y dudaba un tanto antes de traspasar su umbral, porque una puerta que se abre es siempre un «novum» lo que promete a nuestros ojos y nos exige su comprensión. En este caso, la de Castilla como Oriente, antes de convertirse, luego, en un país románico y europeo; si es que llega a ser esto último, que éste es otro cantar y otro cuento, como decía Kippling, que habrá que contar más adelante.



Lo que hay que decir, ahora, es que en esta frontera, bélica, unas veces; y pacífica, otras, entre islámicos y cristianos, hay atalayas y almenaras o alcázares: es decir, palacios o campamentos militares; y hay también almunias o jardines, o «huelgas»; pero, sobre todo, es­tán ahí los «kibbutzs» o asentamientos fronterizos, escondidos en un valle, tras un soto, cobijados por cualquier otro repliegue geológico. Son lugares de resistencia espiritual, pero, a la vez, asimilados en cierta manera a los modos de ser y de vivir de aquellos a quienes se resiste: los islámicos. Es decir, lugares de osmosis entre los hermanos enemigos. Y desconciertan, pero quizás son ellos las claves de toda una existencia como la castellana y de su historia espiritual y más profunda. Esa historia que, en San Millán de la Cogolla o en San Baudelio de Berlanga —y así será en todas partes— comienza como un cuento oriental: con un manantial de agua fresca y una gruta, y unos árboles en torno. Y un ermitaño o morabito que allí habita, naturalmente.

El paisaje en que, ahora, se alza San Baudelio es realmente este­pario y eremítico: un pelado y pardo alcor cuyas tonalidades van del ocre rojo al amarillo, blancas manchas calizas y el verdor de matojos enanos. Pero no evoquemos, en seguida y sin más, a los Padres del Yermo; aquí, hubo árboles: encinas exactamente, y agua, que todavía puede verse correr hacia el pequeño valle. Los monjes o, más bien, eremitas, que, aquí buscaban a Dios en el desasimiento y la nada, vivían en medio de un bosquecillo y siquiera bajo la parva umbría tan ascética de la hoja de encina. Y, aunque nadie lo diría, ahora, al contemplar externamente este recinto cuadrangular que se prolonga en una especie de ábside igualmente cuadrado y gris, una vez atravesada la puerta de herradura, aquí es verdaderamente el paraíso, una almunia sagrada, el Edén.

El edificio está concebido como un gran árbol de piedra, cuyas ramas sostienen el cobijo de la techumbre: son los nervios en que se despliega una columna que se abre en arcos de palmera y muestra su blanco tronco salpicado de rudos puntos rojos, como en un sarpu­llido de vida, un goteado de Pollock.


¿Y qué hace, aquí, una palmera, a orillas del Escalóte, en este clima riguroso? Es pura teología, un símbolo paradisiaco: la sombra y la frescura tras el arduo caminar que es la vida; el canto tranquilo de celestes pájaros que anidan en ella, la dulzura de los dátiles y el ruido que hace el ventalle al entrechocar sus hojas suavemente des­pués de tanto estruendo que es la historia y de tanto amargor que da el ser hombre. Es un oasis y un refrigerio, pero también una escala hacia lo Alto. Es el árbol sagrado de los antiguos mesopotámicos y está específicamente bendecido en el Corán, pero la Biblia misma hace de ella la figura del justo:

«El justo florecerá como palmera.»

«Feliz el hombre que confia en Yahvé y del que Yahvé es su esperanza.

Es como un árbol plantado al borde del agua, que extiende sus ramas hacia la corriente.

No teme cuando llega el calor, su follaje permanece siendo verde, y, en año de sequía, está sin inquietud.

(Jeremías, 17, 7-8)



En el Beato de Valcabado —en seguida vamos a abrir estos li­bros que llevan el extraño nombre de Beatos y son los grandes libros que Castilla ha dado al mundo, como este monasteriolo es su Sixtina— una palmera da acogida y sombra a los bienaventurados que bajo ella se abanican, o, agitando palmas, vitorean eternamente la gloria del Cordero.

El paraíso se ha soñado siempre con estas imágenes de solaz y de belleza, con visiones de extrañas y lejanas ínsulas pobladas de árbo­les exóticos y aves de brillantes rojos y verdes, azules o amarillos en sus plumajes, que cantan o parlotean, o en ensoñaciones de puertas de oro, jaspe u ónice, de las que se habla en el Apocalipsis; pero, ante todo, es un jardín y un frescor.

En otro Beato —el de Gerona— hay también otra viñeta de una palmera que es sangrada por dos campesinos para recoger de ella vino de palma. Y eran cristianos arabizados los que habían visto realizar estas tareas o sabían cómo se llevaban a cabo de todos mo­dos, o incluso las practicaban en las almunias de la costa levantina donde sabemos que se bebía «nabid» o vino de dátiles. ¿Y no se trata aquí, simplemente de trasponer en un plano artístico todo ese ejercicio agrícola, en estas latitudes tan frías en las que nos consta, sin embargo, que, aprovechando un abrigaño del terreno, se logra­ron aclimatar olivos, como en San Cebrián de Mazóte, por ejemplo? ¿Y acaso no era ese mismo ejercicio un símbolo de la vida edénica?

Pero todo nos aparece más claro aún, si todavía contemplamos otra imagen del Beato «Justus ut palma florebit», que está en la Biblioteca Nacional de París, y en la que el justo asciende por la palmera en busca de sus dulces frutos. Su ascensión es claramente una mística subida a lo Alto, y, por cierto, está extraordinariamente enfatizada en este edén de San Baudelio: un jardín de delicias, un paraíso místico y oriental, al mismo tiempo.



Bajo la gran palmera, una especie de mezquitilla —o minúscula iglesia copta, por su blanca alegría— o bosquecillo de pequeñas co­lumnas cilíndricas, sin capiteles y sólo con algunos adornos en los plintos, sostiene una alta plataforma, tribuna o apartamiento en lo alto al que se sube por una escalerilla, que muy probablemente fue en un principio una escala de mano, de también claro significado místico en todo el Oriente, que se retiraba una vez utilizada; y aun­que a ese apartamento pudiera accederse al mismo tiempo por una puerta exterior al recinto, que hoy se encuentra al ras de la eleva­ción del terreno que circunda a la ermitilla.

En esta tribuna o estancia, ya a medio camino del follaje del árbol y de su misterio celestial, se encuentra una capillita, casi como un «kiosko» o nicho, deliciosamente decorada con pinturas románi­cas: una Virgen flanqueada por dos personajes, y, en un lateral, un estilizado lebrel. Una lucerna en arco de herradura vigila la entrada del recinto entero desde esa altura, y una balaustrada, como un ico­nostasio y como cubierta por un gran paño oriental de águilas y leones inscritos en círculos, realizaría la separación sagrada o velaría lo recoleto de la oración o de la celebración litúrgica, allá arriba.



Pero, todavía más arriba, hay aún otra estancia última y supre­ma, entre los brazos mismos de la pétrea palmera, en lo más alto del ascenso místico. Es como una cilindrica linterna, ciega y aislada, de sólo un metro de diámetro, y rematada en una cupulilla de seis ner­vios: como un «mihrab». Se ha supuesto que se trataría de un lugar a trasmano, no fácilmente visible, donde poner a buen recaudo los libros o vasos sagrados en este «kibbutz» fronterizo del Duero, un espacio geográfico que no va a ser definitivamente conquistado sino a principios del XII por Alfonso I de Aragón y que continuará sien­do un bastión débil, largo tiempo después. Pero es mucho más pro­bable que fuera una celdilla de eremita estilita y solitario, que en Celanova o en San Miguel de Escalada vivía en sus ábsides laterales; es decir, la última estancia del «justus», que ha llegado a la cima mística o prosigue allí su lucha en soledad total. O, al fin y al cabo, es precisamente un «mihrab» donde nada había y nadie habitaba, símbolo de la ascensión suprema e inalcanzable; presencia de lo Alto, que, en lo alto de la palmera o escala del paraíso, se revela: allí donde no hay nada y sólo es el vacío y el silencio; la morada de Cristo, como en «El manuscrito de las tres palomas» donde aparece en su mandorla o almendra sagrada, rodeado de pájaros, en la copa de un cedro.

Y, de todas maneras, este lugar es una lámpara de iluminación interior: el otro cabo, en lo alto, junto al cielo, de la parábola espiri­tual que aquí se expresa y que, como decía, comienza en la gruta que allá abajo, dentro de la mezquitilla, se adentra en la tierra hacia el sur del edificio y sería la morada del primer anacoreta: la raíz del árbol junto al agua. Raíz nutricia y brazos frondosos cargados de frutos, la tiniebla y la luz, lo bajo y lo alto, la escala y el ocultamiento, la ausencia total de cualquier cosa o criatura en medio del árbol sagrado.

Pero los muros están pintados, naturalmente. ¿Cómo, si no, sería un edén este recinto? Y hay dos claras y netas series de pinturas: unos bellos frescos románicos con escenas evangélicas, y las pinturas bajas o mozárabes; incluso si hay quienes ven en ellas rastros de una estética y de técnicas romanizadas. De unas y otras sólo quedan restos, o sólo la impronta de las pinturas que fueron arrancadas: una impronta como un grito de desgarro, pero también como el resplan­dor de la belleza que ilumina este paraíso.

Las pinturas altas narran la vida entera de Jesús desde Belén, donde es adorado por los Magos, hasta su muerte y sepultura; pero hay, entre ellas, dos escenas que priman por su singularidad: la re­surrección de. Lázaro de la que es testigo un tonsurado —lo que implica una teología muy explícitamente eclesiológica— y las bodas de Caná, donde Jesús aparece sentado entre los novios ante una mesa llena de viandas y junto a la cual un sirviente escancia el vino; lo que también implica una versión teológica del hecho, que va más allá del relato evangélico y se torna didáctica. ¿O es la pura expre­sión de la alegría de los alimentos y del bendecido amor humano?
 
En la pintura del ábside lo que nos sorprende no son las imá­genes de San Baudelio y de San Nicolás, o la Paloma, símbolo del Espíritu Santo, o las apenas reconocibles de Jesús y la Magda­lena en un lateral, sino el enigmático animal que está pintado bajo la ventanita abocinada. ¿Qué es: un ibis o un pelícano? La inter­pretación del pelícano es arriesgada no sólo porque su simbólica eucarística —el pelícano se sacrificaría a sí mismo para alimentar a sus polluelos— es más tardía e igualmente más tardías son la interpretación enfáticamente sacrificial de la Eucaristía y la mis­ma reserva eucarística, sino porque aquí faltan los polluelos y el escorzo del ave sagrada del antiguo Egipto está acentuadamente di­bujado.

Pero las que primordialmente nos subyugan son las pinturas bajas o mozárabes que constituyen, por así decirlo, el paisaje de este paraíso a la sombra de la palmera: un cazador de ciervos, que ya ha dado en el blanco y dispara de nuevo su arco; otro cazador, que, montado en su caballo, azuza a sus tres lebreles contra dos pequeñas gacelas, y un caballero con halcón. Lleva espada y sombrero, y un manto rojo. En contraste con las otras dos escenas venatorias, abso­lutamente dinámicas, aquí el cazador está sorprendido en estática posición; pero los tres frescos de caza ofrecen una simbólica escatoló- gica y paradisiaca, precisamente porque hay tanta vida en ellos.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con las águilas y leones ence­rrados en medallones que, como se dijo, están pintados en la balaus­trada de la tribuna. Estos animales son la copia de un tejido oriental y ahí están dibujadas unas presillas o lazos para dar a entender inequívocamente que éste es, en efecto, el bordado de un tapiz o lienzo tendido sobre el muro: una decoración principesca. Y ésto, aunque tampoco dejen de ofrecer una alegoría muy clara: el águila es el símbolo de la contemplación de las realidades eternas, y el león lo es de la resurrección y de la fuerza. El águila acostumbra a sus polluelos a volar alto y a mirar al sol, cara a cara, y aborrece a los que no son capaces de sostener su fulgor. El león insufla con su lengua el hálito de la vida en la boca de sus cachorros muertos para resucitarlos.

Pero volvamos a los otros animales, que, como los del Arca de Noé del Beato de Valcabado, están ahí primordialmente como ex­presión de vida y vida paradisiaca: el delicioso dromedario amarillo de tan elegante cuello y el expresionista oso rojo, de un trazado lleno de poder. O el elefante atigrado, surrealista, con su juguetona trom­pa que tanto fascinó a esos siglos medios. El pintor lo ha transpuesto «picassianamente» con mayor atrevimiento aún que como lo pintó el de Valcabado, o quizás nunca lo había visto: ni siquiera en una de esas telas que lo representaban con tanto realismo, tal y como pode­mos comprobarlo en la que se conserva en San Isidoro de León, y plasmó aquí su sueño. El animal poseía su leyenda de castidad e inocencia; pero, luego, aquí se le cargó con la torre o el castillo románicos sin duda aunque en relación con ellos aparecía ya como peón en los ajedreces orientales: la tienda en que a su lomo viajaban los príncipes, y se convirtió en el símbolo de la fortaleza.

¿Y qué quiere decir este anciano con yelmo y un pesado escudo árabe? Es inquietante y misterioso. ¿Es un cristiano obligado a servir en las filas islámicas o un centinela de frontera que ha envejecido en el oficio? ¿O es un estereotipado y a la vez cotidiano «luctator», que está ahí para recordar que la vida es lucha, y la calvicie, el símbolo de la fidelidad?

Los mismos toros del zócalo, que están frente a la entrada, tienen o pueden tener también distintas lecturas, aunque su lugar en esa zona inferior y su factura resueltamente románica nos inclinan a ver en ellos un simbolismo instintual de poderosos apetitos.
                              

Al principio, decía, fue una gruta entre encinas, y el agua, y un anacoreta o morabito. Luego, creció aquí una palmera y hubo un bosque de columnas blancas y animales exóticos y escenas lúdicas y de Génesis o paraíso. Y, allá arriba, un espacio vacío, lugar sagrado de la presencia del Invisible y de su teofanía en ese vacío. Pero insistamos: animales, árboles y agua. Y luz por las orientales venta­nas cuvas parejas sólo se encontrarán en el Al-Andalus islamizado: vida, en suma. La vida, la luz y la alegría paradisiaca se concentran aquí como la otra versión apocalíptica de los orientalizados cristia­nos de este monasteriolo de Castilla. Porque no fue así en otras par­tes, en otros «kibbutzs» mozárabes y fronterizos donde se escribie­ron y pintaron los Beatos, que es preciso hojear en seguida para entender esta singularidad misma de San Baudelio de Berlanga y el mensaje profundo de la Castilla oriental y apocalíptica.


José Jiménez Lozano "Guía Espiritual de Castilla"

martes, 29 de abril de 2014

Retrato de San Juan de la Cruz

Retrato de SAN JUAN DE LA CRUZ

  

En este año, que he decidido recorrer por caminos interiores, al margen de casi todo, mi pintura se empeña locamente en el ARTESACRO y mis pensamientos me llevan a rondar una y otra vez esta Segovia de cielo y piedra. Mis pasos  acaban con frecuencia en el huerto de San Juan de la Cruz, al cobijo de la bienvenida que ofrece el verde profundo de los cipreses; allí he visto el alma del místico en un lirio blanco sobre fondo de oquedad en la roca. Su rostro lo he encontrado en “Mudejarillo”, de la mano de José Jiménez Lozano; aquí os dejo mi trabajo con las palabras del escritor castellano en “Guía espiritual de Castilla”.

Retrato de San Juan de la Cruz. Obra de Inmaculada Cuesta

El padre de Juan de Yepes venía probablemente de conversos, y sus antepasados quizás habían tenido que ver amargamente con la Inquisición, allí en tierras de Toledo. Y la madre procede efectivamente de un ámbito cultural mudéjar y ésta sea la razón del desamor y la reticencia con que fue tratada. Siempre fue “la Catalina”: con ese artículo precediendo al nombre que en Castilla denotó siempre un cierto desprecio de hidalgos y “dones” hacia las gentes sencillas y de extracción social muy baja.
Lo que sabemos de la niñez de Juan, además de esa pobreza de los suyos, es que se  desarrolló en un ambiente extraordinariamente islamizado….
Aquellos mudéjares y moriscos viejos parecen haberse dedicado, en Fontiveros, primordialmente a la carretería hasta dar nombre al barrio donde vivían, en realidad el mismo barrio de la “Calle Nueva” donde Juan nació. Allí cerca había una fuente: la de doña Loba, y, fuera del poblado, lagunas, además de tres torrentes o arroyos que entonces lo cruzaban y que aportaban riego seguramente a huertos o huertas; mientras junto al río Zapardiel funcionaban unas pequeñas tenerías. Y todas esas aguas hacían de Fontiveros, sin duda, un asentamiento más verde y lleno de umbría que el polvoriento poblado que es hoy. En una de esas lagunas cayó Juan siendo niño, y fue sacado con la ayuda de la Virgen –a quién él dijo haber visto sonreír- y de la ijada de un labrador. La profundidad del agua será en adelante para él como la del alma en cuyo centro y desnudez y herida está el Esposo. Y, cuando a propósito de Juan de la Cruz se escribe desnudez, se quiere decir desnudez de la desnudez,  noche oscura, total desasimiento, nada, nada.

La cultura moderna se reclama con razón de los tres grandes “maestros de la sospecha”: Nietszch, Freud y Marx, para los cuales filosofías, ideologías y religiones o conductas de todo tipo, o intentos de conocimiento de la realidad, sólo son o pueden solamente ser resultantes sociológicas, intereses económicos enmascarados, proyecciones psicológicas, frustraciones, miedos inconscientes, ilusiones, autoengaños: ídolos, en suma. Pero la verdad es que ninguno de esos tres maestros modernos de la sospecha sospechó la mentira y la idolatría y el engaño ni la mitad que este pequeño Juan, que nació en Fontiveros. Su empresa de acercamiento real a lo Real Absoluto es la empresa más demoledora que se haya hecho jamás, hasta asegurarse que sólo en la Nada puede asirse el Todo.



Inmaculada Cuesta, 29 de abril de 2014

domingo, 15 de diciembre de 2013

Atardecer castellano de paseo y luna en SEGOVIA

Es un paseo que suelo repetir una y otra vez y que nunca deja de asombrarme
Sin alcanzar la sabiduría de José Jiménez Lozano, desde mi punto de vista pictórico, puedo decir con él: "Tampoco sabemos muy bien, al fin y al cabo, qué es CASTLLA después de todo este buceo en ella. Siempre queda un poco más allá; siempre asoma un poco más profundamente" (Guía Espiritual de Castilla)







lunes, 26 de agosto de 2013

Una mirada a Bélgica (agosto 2013)



Estas son algunas impresiones viajeras de mi breve paso por Bélgica en una estancia durante unos días de agosto en Lovaina, desde allí he visitado, entre cientos de turistas…, Bruselas, Amberes, Brujas, Gante y Ostende.

En septiembre de 2012, mi hermano Jose Juan,  buen asesor musical, me recomendó a WIM MERTENS para presentar las imágenes del trasiego de un paso de cebra, que fue el tema de fondo de la exposición de pintura-fotografía “Paso a las tres”. En  su país de origen – nacido en Limburgo- es donde comprendo que este compositor, pianista y contratenor belga pone música de fondo al ritmo de la vida en estas ciudades,  en el tiempo que le toca vivir, es el ritmo constante de las bicicletas y de sus jornadas de intenso trabajo, con los carillones de sus torres marcando los tiempos en ligeros compases  cada quince minutos. Hoy los belgas van a trabajar a las instituciones de la Unión Europea, al despacho, a sus negocios y deliciosas tiendas de diseño. Hace seis siglos se organizaban en Gremios de Artesanos con intensa actividad textil, cervecera, de la carne etc., y su riqueza lucía en las casas junto a los  ayuntamientos y catedrales, formando las platz-place,  que hoy son el mayor atractivo de las ciudades,  y se han convertido ahora en Hoteles y Restaurantes de lujo. A cualquier hora del día y cualquier día de la semana parecen hervideros de humanidad, son como reuniones de la ONU, pero allí no se dialoga y casi no se mira ni piensa,  se apunta con la cámara fotográfica, Iphone, Ipad… y se dispara en todas las direcciones posibles, pasando rápido a otra cosa.

La mejor hora para encontrar el presente de este país,  dividido en su lengua, territorio e intereses,  es el atardecer, para contemplar a la gente en su vuelta a casa con la calma del cansancio acumulado a la última luz del día de verano, que es el momento de la conversación pausada, siempre en voz baja, en alguna de las muchas terrazas para saborear una rica cerveza, o en un banco de la plaza frente a la Biblioteca de la Universidad, disfrutando de un enorme helado.

El mejor lugar para rastrear el pasado son los museos, el de Bellas Artes de Bruselas increíblemente mal iluminado para observar  las colecciones de Pintura Flamenca de brillantes colores, cada cuadro cargado de historias contadas sin omitir detalles; la seriedad o solemnidad del tema no les impide pintar la anécdota, el pequeño detalle o el chiste burlón; son los antepasados del paraíso del Comic y antes del surrealismo de Magritte. Los belgas siguen siendo concienzudos y guasones. No sé si por influencia de la pintura antigua, sus calles huelen a sopa, y a ratos, más acorde con los cómic, a waffle –aquí decimos gofre-.

El rincón escondido para perderse,  que guarda la Historia desde el siglo XIII, sin duda los Begijnhof, que aún transpiran la sencillez y la paz de un lugar de trabajo y oración. La Universidad los ha restaurado como alojamiento internacional de  profesores y estudiantes, que se benefician de un entorno bellisimo y tranquilo para el intercambio cultural, estudio e investigación.

Lo que de ningún modo se esconde en Bélgica son sus raíces cristianas y lo que la fe ha aportado a su cultura, arquitectura y arte en general, que hacen de este país una  de las joyas del mundo. Me ha sorprendido que en la actualidad hayan tomado otros derroteros amargos como es la cultura de la muerte; y espero sinceramente que recuperen el alma que ha alentado tanta sabiduría.

¿Un color?, el rojo ladrillo, como fondo de todas las flores posibles,  cuidadisimas, en calles y ventanas, bajo un cielo intempestivo en continuo movimiento de azul, gris y blanco.



Inmaculada Cuesta
Segovia, 26 de agosto de 2013


martes, 4 de junio de 2013

Naturalezas vivas y asfalto para José Jiménez Lozano



















De “RETRATOS Y NATURALEZAS MUERTAS” a naturalezas vivas y asfalto

José Jiménez Lozano nos entrega en 2000 “Retratos y naturalezas muertas”, un libro de diálogos y silencio en torno al XVII, con proyección de presente y futuro porque trata cuestiones universales para el hombre de hoy y mañana.

Paisajes interiores le llama su autor. Sí, con senderos que se entrecruzan y guían a cimas íntimas de vista panorámica. Esas cumbres que son el lugar de encuentro de aquellos que nos describe en el capítulo “La carroza de Port-Royal”: No hay nada más fascinante que el encontrarnos con esta gran cadena de complicidades, allá en lo hondo, entre los seres humanos que se pasan como clandestinamente la candela del afán de libertad, del amor gratuito, del pasmo por la belleza del mundo o del horror de los mataderos de la historia, y de la pintura o escritura que dicen a cerca de todo eso lo exactamente verdadero

Complicidades que tantas veces se ponen al descubierto en la lectura cuando el que escribe es como quien hace oración, y cuando tiene encendida su candela, la entrega a quien lee poniéndola delicadamente sobre la mesa del mundo, y se va. Esta es su gloria – capítulo “Fabricante de mentiras”-


Con esta candela y el susurro de todas las cosas dichas o escritas con el peso del silencio respondo con mi propio paisaje del XXI, el de mis caminatas del mes de mayo entre naturalezas vivas y asfalto. Imágenes que dedico a José Jiménez Lozano.

Inmaculada Cuesta
Segovia, 4 de junio de 2013






















lunes, 22 de abril de 2013

Día de la Tierra 2013

Dice Google que hoy es "El día de la Tierra"
En Segovia, donde vivo, no hace falta que nos recuerden la TIERRA. Está siempre presente, más aún en esta esperada primavera, en que todo se ha puesto a VIVIR









viernes, 19 de abril de 2013

Jiménez Lozano en Arte Papel Segovia

Jiménez Lozano con María Merino ante el retrato de Miguel Hernández

El sábado 13 de abril, el escritor José Jiménez Lozano inauguró El libro de Ester, una exposición colectiva en torno a la interpretación de este libro bíblico, que puede contemplarse en Arte Papel, el espacio de experimentación artística abierto hace unos meses en Segovia.
Durante algo más de una hora, el narrador, poeta y ensayista abulense, dejó bien patente su admiración por la pintura: “lo que más me gusta es que me cuenten cosas, en segundo lugar contarlas yo, en tercer lugar la pintura y después todo lo demás”, afirmó. 
Compartió con los presentes reflexiones y anécdotas acerca de esta actividad artística, “esa mentira tan poderosa que nos fascina de algo que en la realidad no fascina”, dijo citando a Pascal.
Defendió su primacía frente a la palabra que, al ser utilizada cada día por todos, es susceptible de estropearse, lo que no ocurre con la pintura.
 El Premio Cervantes 2002 destacó que la belleza es el elemento constitutivo de la obra artística, una cualidad que siempre tiene que estar presente, independientemente de que ésta sea figurativa o no. Es más, no necesita hacer referencia a una realidad externa, puede ser bella en sí misma, poseer una belleza interna. Por ello criticó la tendencia contemporánea a calificar como arte producciones que propugnan la fealdad, la vulgaridad o expresiones carentes de sentido.

Inmaculada Cuesta ante su obra "Mardoqueo", para la exposición Libro de Ester

En contraposición expresó el impacto que le produjo, al entrar en la sala de exposiciones de Arte Papel, un cuadro: “me he encontrado con un judío y me ha llamado la atención” y “aquella representación de Ester, que es extraña… pero la extrañeza es importante en el arte”, añadió haciendo referencia a algunas de las obras expuestas.
Criticó el paso de la estatus social del pintor de ser un artesano, a convertirse primero en artista y actualmente en demiurgo. “El artista medieval era el más libre de todos los tiempos porque era un artesano (…) mandaba sobre su obra, tenía idea de su independencia, hasta el punto que planteaba problemas hasta a los teólogos”, aseguró. 
A lo largo de su exposición recalcó la importancia de la pintura, pues “allí donde ha habido cuadros, la cultura ha estado asegurada”, afirmó al concluir su charla, al tiempo que agradecía la invitación, felicitaba a los artistas y animaba a continuar en su camino.

viernes, 7 de diciembre de 2012

A Miguel Hernández. Tierra de Segovia





Esta imagen, en la que hay más cielo que tierra, pero el pobre polvo inmóvil pesa, duele y araña, me recuerda a Miguel Hernández, en su Elegía a Ramón Sijé

MAQ. Retrato de Miguel Hernández -"Como el toro, he nacido para el luto y el dolor". Óleo y Collage sobre lienzo


Elegía

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Santa Cecilia 2012 y Juan Ramón Jiménez

Felicidades a todos los músicos!!

Francisco Recuero, pintor y músico

IBA TOCANDO MI FLAUTA (Juan Ramón Jiménez)
Iba tocando mi flauta
a lo largo de la orilla;
y la orilla era un reguero
de amarillas margaritas.

El campo cristaleaba
tras el temblor de la brisa;
para escucharme mejor
el agua se detenía.

Notas van y notas vienen,
la tarde fragante y lírica
iba, a compás de mi música,
dorando sus fantasías,

y a mi alrededor volaba,
en el agua y en la brisa,
un enjambre doble de
mariposas amarillas.

La ladera era de miel,
de oro encendido la viña,
de oro vago el raso leve
del jaral de flores níveas;

allá donde el claro arroyo
da en el río, se entreabría
un ocaso de esplendores
sobre el agua vespertina...

Mi flauta con sol lloraba
a lo largo de la orilla;
atrás quedaba un reguero
de amarillas margaritas...
MAQ "A Juan Ramón HOY". Técnica mixta sobre papel 

 MAQ"Zenobia y el Mar". Técnica mixta sobre papel